
EL CAMINO DEL OSTEÓPATA
Prefacio
Este libro, como el anterior, viene a proponer una escucha.
Pero es una escucha distinta. No la escucha como percepción profunda a través de las manos, sino como un esperar antes de hablar o actuar, un suspenso que habilita la irrupción de sentido.
Porque la salud —ese concepto que creemos simple, aséptico, objetivo— ha perdido su significado original, y ahora no la concebimos más que como negación. Así como en el budismo el nirvana es la ausencia de deseos, en occidente la salud es ausencia de enfermedad. Pero esta última, a su vez, tampoco constituye un concepto desplegado ni elaborado: apenas aparece la enfermedad, se la cancela. El horror morbui que atraviesa la sensibilidad moderna es paralelo al horror vacui de la física aristotélica: ambos revelan un rechazo visceral hacia la presencia de un vacío, sea de materia o de normalidad.
De allí que la irrupción de la enfermedad active respuestas automáticas, ritualizadas, donde el pensamiento apenas tiene lugar. Este libro se dirige precisamente a quienes sienten que ese mecanismo no alcanza, que hay una falla en la manera en que se nos ha enseñado a pensar la salud. A quienes advierten la paradoja de sociedades saturadas de fármacos cotidianos y, sin embargo, incapaces de experimentar bienestar duradero. A quienes intuyen —aunque no encuentren todavía las palabras— que existe otra manera de acercarse al cuerpo y a sus dolores, un modo de habitar la fragilidad sin expulsarla de inmediato.
Este libro no es un compendio de conocimientos médicos. Trata del cuerpo como territorio de sentido, del síntoma como lenguaje, de la salud como relato. Trata, sobre todo, de cómo aprendimos a vivir como si los síntomas fueran enemigos, como si el cuerpo fuera una máquina que se rompe y debe ser reparada con repuestos, pastillas o pantallas. Y trata, sobre todo, de otras formas posibles de escuchar al dolor, de entender el malestar, de estar en el mundo con un cuerpo que no siempre responde bien, pero que sabe más de sí mismo que cualquier libro de texto.
Durante más de un siglo, la medicina ha sido regida por un modelo que privilegia el dato sobre la experiencia, la enfermedad sobre la persona, la intervención sobre la escucha. Lo que en sus orígenes fue una estrategia para alcanzar precisión y eficacia, hoy se ha transformado en un hábito epistémico: el cuerpo como objeto, el síntoma como error, el medicamento como solución automática. Pero, a nuestra manera de ver, el síntoma no es el problema, sino un signo, y la enfermedad no es un enemigo que hay que suprimir, sino una expresión que hay que descifrar.
Ahora bien, este no es ni un libro de posiciones abstractas ni un panfleto contra la medicina. Es, antes que nada, un libro de fisiología. Pero de una fisiología pensada políticamente. Aquí no discutimos desde el dogma ni desde la ideología, sino desde la lógica interna del cuerpo: cómo responde, cómo se adapta, cómo se protege y cómo, a veces, falla. Este es un libro de fisiología política: un intento por leer los malestares del cuerpo no solo como fallas mecánicas, sino como efectos de relaciones, entornos, hábitos y decisiones. De decisiones clínicas, pero también epistemológicas.
Frente al modelo biomédico —que pretende ser una ciencia de hechos—, la osteopatía se nos ofrece como una semiología de signos sensibles, un arte de la interpretación. Lo que sigue no es una defensa de la osteopatía frente a la medicina, ni un elogio de lo alternativo frente a lo ortodoxo. Es, si se quiere, una indagación sobre el sentido: qué quiere decir “curar”, qué quiere decir “funcionar”, qué quiere decir “estar bien”.
El plan de este libro es simple. Primero, desmontamos los supuestos del modelo biomédico desde sus prácticas, sus medicamentos, sus efectos colaterales y su mitología. Luego, escuchamos las voces de quienes —dentro y fuera del sistema— proponen otros modos de pensar lo corporal. Finalmente, mostramos cómo los principios de la osteopatía, lejos de ser dogmas, son actos de lenguaje que devuelven al terapeuta y al paciente el derecho a reescribir el cuerpo como texto, como campo de sentido, y también como forma de resistencia.
A lo largo de nueve capítulos, vamos a explorar por qué nos duele lo que nos duele, cómo confundimos síntomas con enfermedades, por qué y cómo nos medicamos. Y, sobre todo, cómo la osteopatía —una disciplina que muchos aún miran con recelo— puede ayudarnos a recuperar una mirada más sensata, más humana y más esperanzadora sobre el cuerpo, porque propone otra posibilidad: la de escuchar en lugar de corregir, de acompañar en lugar de imponer, de leer en lugar de tachar.
Recuerdo una frase que solía escucharse en los pasillos de la universidad, repetida como quien invoca un mantra: lo que no es química, es política. Quiero ir un poco más allá: la química también es política.
Porque no hay descripción neutra del mundo. Toda elección de lenguaje, de escala, de enfoque, es ya una elección soberana. O, mejor explicado, la idea del reduccionismo de restringir las explicaciones a reacciones químicas o fenómenos físicos, como si pudiera existir un conocimiento ateórico, "evidente", es también una decisión política. Decidir que el cuerpo se reduce a reacciones bioquímicas, que el síntoma es un error que debe ser eliminado, que la salud se mide en valores de laboratorio, no es un gesto científico: es un gesto ideológico. El reduccionismo, bajo su máscara de objetividad, es también una estrategia de poder.
Este libro, entonces, es político.
No en el sentido partidario, de promover tal o cual candidato o tal o cual ideología, sino en el sentido de indagar las posiciones de poder y cómo delinean la episteme generalizada. Es un libro político porque se pregunta cómo se distribuye la autoridad de decir qué es un cuerpo, qué es un dolor, qué merece ser atendido y qué debe ser silenciado. Mi intención es ofrecer un libro que quiere volver a prestar atención a esa escena fundamental que es el encuentro con un otro que sufre.
Pensar la salud como osteópatas es, al fin y al cabo, leer el cuerpo como un territorio atravesado por saberes, historias, tensiones y posibilidades. Como un sujeto que no se rinde a la química, ni al síntoma, ni a la narrativa médica. Como un sistema que no pide ser reparado, sino comprendido.


