El cuerpo y la escucha xcover Guido 2.pn

EL CUERPO Y LA ESCUCHA

Prefacio

En cierta etapa de mi vida, algo empezó a incomodarme. Las causas eran imprecisas, pero la sensación en el cuerpo era cualquier cosa menos vaga. La impresión general era la de que faltaba algo, pero la expresión más patente sobrevenía a la hora de irme a dormir, y estiraba todo lo posible el momento de meterme en la cama para no encontrarme con mi soledad. Cada noche representaba enfrentarme con el terror de morirme, con un vórtice que se me formaba en el medio de la cabeza al acostarme pensando que algún día me iba a morir, que iba a dejar de existir, y que nada de lo que existe tiene sentido. Un vórtice que me engullía y del que no podía salir. Eran noches de insomnio, de agobio y de desconsuelo. Necesitaba un cambio, pero no sabía cuál. Y entonces empecé un camino de búsqueda. Una búsqueda interna, pero buscando también apoyos en distintas disciplinas. En ese recorrido encontré herramientas en diversos estudios y prácticas (filosofía, bioenergética, contact improvisación, psicoanálisis, mindfulness), pero fue al estudiar osteopatía cuando pude forjar un modelo global sobre el que afirmarme.
Puedo decir que la osteopatía me salvó la vida, porque me mostró unos caminos ocultos donde el mundo me había propuesto hasta el momento alternativas desoladas. No quiero maquinar acá una exaltación de la osteopatía. Ser osteópata es una profesión como tantas, pero por un lado requiere ciertos cambios íntimos que rebosan a la vida en general, y por otro provee de algunas herramientas que trascienden la actividad clínica. Son estos cambios los que me reanimaron, y son los que ahora me llevan a escribir este libro.
Este libro habla de osteopatía, pero sólo como una excusa para hablar de transformación, de cómo escapar de la polarización, el egocentrismo y la disociación contemporáneas hacia el equilibrio, la humildad y la conexión. Ser osteópata incluye la facultad de escucha, y es esta capacidad la que encauza la búsqueda, la que me permite ser yo mismo y conectarme con la realidad. Escribo, en principio, para osteópatas y estudiantes de osteopatía, y para otros terapeutas manuales interesados en utilizar la escucha en su práctica profesional, e incluso para aquellos lectores mundanos intrigados en descubrir qué tiene de especial la osteopatía, pero mi intención es hablarle también a los que se sienten un poco perdidos, a los que no necesariamente les interesa la osteopatía pero sienten su vida fuera de balance y creen que un cambio es posible aunque no vislumbran el camino.
Este parece ser el milenio de la polarización y las grietas. La unidimensionalidad cultural que ya había denunciado Marcuse en 1964 está hoy más vigente que nunca. La inclusión en la sociedad fue por siglos una cuerda floja, donde el equilibrio estaba en conectarse con la realidad sin perder la individualidad, pero ahora el desborde de los universos paralelos tecnológicos de los medios masivos, de la TV y de las redes sociales genera resonancias brutales. Esos universos que hasta ahora vivían sólo detrás de las pantallas son escenarios desencarnados y anemocionales, donde no hay ni contacto corporal ni diálogo auténtico, y empiezan a salirse de los límites virtuales donde estaban contenidos y se expanden hacia el mundo real. La catástrofe de la polarización nos hostiga y nos acorrala en posturas periféricas, y pululan personajes que promueven la memización y el retuit, el tratamiento del raciocinio como algo contingente, la universalización y banalización de la política, la desafectación de la actualidad, el desapego por la ideología, y la empatía contemplativa en vez de activa.
La sociedad se polariza por un ansia de estabilidad, porque los cambios culturales y tecnológicos traen un vendaval de inseguridad y despiertan el anhelo arrollador de una superficie firme donde poder estar cómodo y olvidarse de todo. El mundo está cambiando hacia una forma desconocida, y la polarización otorga estabilidad.
Pero esta estabilidad es negadora. Nos blinda de los cambios del mundo exterior, pero tanto la sociedad como sus transformaciones siguen ahí, y si quisiéramos acompañarlos lo mejor sería, en lugar de buscar una estabilidad, restablecer un equilibrio.
Equilibrio no es lo mismo que estabilidad. Equilibrio es -justamente- pilotear la inestabilidad. Equilibrio es estar a punto de caer, pero no caer. Si me caigo, dejo de estar en equilibrio, pero si renuncio a estar a punto de caer, si me muevo a una superficie sólida y amplia, o si me aseguro a una estructura firme, también dejo de estar en equilibrio. El equilibrio es movimiento, y ésta es la diferencia fundamental con la estabilidad. La estabilidad es quietud, es no cambio. Es en el equilibrio donde nos transformamos. Equilibrio es cambio constante, revolución permanente, alostasis. Por su misma esencia, no hay equilibrio sin transformación. Y a la vez, no hay transformación sin equilibrio.
Equilibrio suena a posicionarse en el justo medio, pero no es eso. Es más que nada, por un lado, visualizar y aceptar todas las posiciones intermedias en vez de sólo los extremos y, por otro, reconocer otras dimensiones. Por sobre todas las cosas, mientras que la estabilidad es estática, el equilibrio es dinámico, y requiere explorar y moverse a lo largo de todas las dimensiones de acuerdo con los cambios que se perciban. El equilibrista que camina por una soga hace uso de todas las dimensiones perpendiculares a la cuerda, la gravedad y la extensión hacia los costados; evita caerse no por desplazarse en el justo medio, sino gracias a que se sale de la unidimensionalidad de la soga.
Estar en equilibrio implica moverse en un límite, y también entraña un peligro inminente, por pequeño que sea ese peligro. El secreto para mantener el equilibrio es no des-esperar. Saber esperar. No dejarse vencer por el miedo sino aprender a saborearlo. Aprender a disfrutar al caminar por la cuerda floja, entregarse al viento y a la soga, y confiar en nosotros mismos. Así como la estabilidad es confianza en el entorno, el equilibrio es confianza en mí mismo y mi capacidad de adaptación rápida. Digo saber esperar porque si bien muchas veces la soga se está deshilachando ente nuestros ojos, sabemos que se está tejiendo otra nueva conformada por nuevos conceptos, ideologías y disciplinas. Una de estas es la osteopatía, y es la que me dio a mí el apoyo para navegar el huracán contemporáneo, brindándome a la vez la transformación que permite el equilibrio y el equilibrio donde puede suceder una transformación.
En el campo epistemológico médico parece existir una polarización similar, con un lado –el enfoque científico biomédico duro- definido por teorías científicas, validaciones por experimentos de doble ciego fiscalizados por colegas y la optimización utilitarista de recursos, y otro lado –el enfoque espiritualista- determinado por prácticas alternativas, apertura a conocimientos consensuados por mecanismos no ordinarios y concepciones de abundancia inagotable.
Sin embargo, entretejido por ahí, algo está cambiando. A mediados del siglo XX una serie de pensadores (Ryle, Sartre, Husserl, Merleau-Ponty), al unir otra vez los conceptos de cuerpo y mente, cerraron una herida epistemológica que había abierto Descartes trescientos años atrás, y en ese tejido cicatricial surgieron disciplinas hasta entonces impensables.
El nuevo paradigma es holístico: la encarnación del cogito cartesiano, la visión del cuerpo como algo más que la materia física objeto de tratamientos biomédicos. El viejo paradigma objetivaba el cuerpo al contemplarlo desde la mente analítica, y esa objetividad/objetivación establecía una mirada médica externa, fría e inanimada. La osteopatía es una de las disciplinas nuevas que recuperan la capacidad de escucha, protegen las instancias de diálogo y terraforman un territorio donde se puede desplegar la empatía.
Esta transformación no sucede solo en forma paralela a la medicina, sino que también dentro de la filosofía, epistemología y deontología médicas existe una migración hacia nuevos modelos. Las nuevas teorías del dolor, de las enfermedades crónicas, de la alostasis (al menos en la versión original de Peter Sterling), de las emociones y del trauma son eminentemente holísticas.
Pero, entre todas esas disciplinas, la osteopatía ocupa una posición privilegiada, porque todo su corpus hace equilibrio en la cicatriz de la herida cartesiana, en ese lugar donde cuerpo y mente se funden, donde se expresan el tacto por un lado y las emociones por otro. Es en ese territorio carnoso y sanguinolento que se instaura como catalizadora de la metamorfosis paradigmática general, y es justo ahí donde me encontró, donde me dio el pie para desarticularme y reconstruirme.
Adentrarse en el mundo de la osteopatía es como meterse en una crisálida: entrás oruga, con la idea de aprender algunas cosas, y terminás saliendo mariposa. Pero volverse mariposa no es gratis. La metamorfosis es brutal: ni bien entra en la crisálida, la oruga se digiere a sí misma, dejando un par de estructuras desde las que luego empezará a modelar la forma nueva usando el material digerido. Lo que hay no es un proceso lineal donde se van agregando estructuras y funcionalidades, sino una descomposición total en la oscuridad. Antes de ser mariposa, la oruga deja de ser oruga, y una vez que sale de la crisálida tiene que aprender todo de nuevo. Tiene trompa, antenas, genitales y alas, todas mejoras muy bienvenidas, pero que implican otra manera de pensar el mundo, de hacer las cosas, de sentir y de ser. La oruga, desde que deja de ver la luz cuando se le cierra el capullo sobre la cabeza, hasta que sale y experimenta las sensaciones infinitas que le llegan por las antenas y la desnudez de enfrentarse al mundo sin exoesqueleto y el sostén del viento en las alas, debe estar bastante confundida, e incluso por momentos aterrada.
Este libro no habla de mariposas ni de orugas, sino de la profundidad oscura que las constituye a ambas. No profundiza en los conocimientos que hay que soltar ni en los conceptos que hay que aprender, sino en lo que se experimenta en el proceso de autodigerirse y autorregenerarse. Habla de conmociones y preguntas. Habla de despolarizar, de regocijarse en la humildad, de conectar. Habla de abandonar la estabilidad, de enfrentarse al peligro y la vulnerabilidad para recuperar el equilibrio y volver al cuerpo, que es donde somos.
Me consta que la osteopatía no es el único camino para esta transformación. Hay gente que la consigue por medio de otras disciplinas o por sí solos, algunos luego de sufrir una catástrofe que los obligó a cambiar, algunos a fuerza de convicción, introspección o fe. Yo voy a mostrar mi recorrido, que es el único que conozco bien, con la esperanza de que mi exposición pueda servir a otros viajeros, no importa el camino que sigan.
Los estudiantes del Mayo Francés decían que hay otro mundo y está en este. La osteopatía me mostró que también hay otro yo, y está en este. El Cuerpo y La Escucha es el primero de una serie de cuatro libros que intentan ser un retrato del encuentro de ese otro mundo y ese otro yo.